viernes, 3 de octubre de 2008

A mi maestro, de su eterno alumno

Aprendo de ti cada día, de tu entusiasmo, de tus palabras, de tus actos. Estoy preso de esa maestría que me hace libre. Juego en el patio del colegio, de mi mente, de mi hogar, que también lo haces tú. Suspiro cuando lees poesía, viajo con tus historias, empatizo con tus sumas, me entronco con la Naturaleza y sus disciplinas. También muevo mi cuerpo al compás que señalas, y me hago una persona de provecho, mientras me indicas costumbres, hábitos, sueños que compartir. Hemos puesto música a la llegada del día, a su transcurso, al atardecer. Hemos vivido penas y alegrías, y hemos desbrozado lo que sobra a esas jornadas en las que he crecido casi sin saberlo. Te debo todo por tu paciencia, por ese cristal que me has regalado para mirar el mundo, que se descubre como la gran maravilla. Me has enseñado en lo físico y en lo espiritual, y, aunque no te digo nada, sospecho que siempre estaremos unidos. Has sido mi maestro: yo siempre seré tu alumno.

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